¿Y tú a quién has salido?
Siempre le decían: “Pero, niña, ¿y tú a quién has salido?” Y Marina se miraba al espejo sin descubrir el motivo de esta pregunta. A algunos les intrigaba el color de su cabello, y a otros simplemente les recordaba el cielo rojizo de un atardecer ventoso de verano. Pero ella, ignorante de los pensamientos ajenos, nunca dejaba de sonreír acentuando el contraste del azul de sus ojos con su tez blanca plagada de lunares dorados. Por las tardes, era muy habitual ver a Marina hacer los deberes en compañía de su amiga Elisa. Cuando el buen tiempo lo permitía, las niñas se sentaban en el patio, y así, mientras trabajaban, disfrutaban del aroma de los jazmines y la lavanda que tanto les gustaba. Una de esas tardes, Elisa interrumpió la tarea para centrar la mirada en su amiga y decirle: —A mí todo el mundo me dice que soy igualita a mi madre. Y tú, ¿a quién te pareces? Porque, ni tu padre ni tu madre, tienen esos cabellos tan rojos. —Mamá siempre me dice que soy igualita a la bisabue...