Todo tiene un límite
La luz anaranjada del ocaso se filtra por las cortinas, dibujando figuras fantasmagóricas en la pared de una estancia que permanece con las luces apagadas. Dentro, una anciana de rostro plagado de arrugas y cabello gris recogido en un moño teje con dos agujas una manta que llega casi hasta el suelo. Está sentada en un sillón orejero tapizado en tonos ocres, cuyos brazos le sirven para descansar los suyos. Un portazo retumba con estruendo y el sonido de unos pasos anuncia la llegada de alguien. La anciana levanta la vista al tiempo que una voz ronca de hombre, sin que medie ningún tipo de saludo, dice: — Madre, ¿se puede saber por qué no enciendes la lámpara? No debes ver ni torta. — Me gusta la luz que se cuela por la ventana, hijo. Quiero disfrutar de estos colores que no tardarán en desaparecer. Además, para tejer no necesito ver mucho. Mis manos, aunque ya no son lo que eran, lo saben hacer casi a oscuras. El hombre, que viste unos tejanos con varios rotos deshilachad...