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Mostrando las entradas etiquetadas como Violencia

Todo tiene un límite

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  La luz anaranjada del ocaso se filtra por las cortinas, dibujando figuras fantasmagóricas en la pared de una estancia que permanece con las luces apagadas. Dentro, una anciana de rostro plagado de arrugas y cabello gris recogido en un moño teje con dos agujas una manta que llega casi hasta el suelo. Está sentada en un sillón orejero tapizado en tonos ocres, cuyos brazos le sirven para descansar los suyos. Un portazo retumba con estruendo y el sonido de unos pasos anuncia la llegada de alguien. La anciana levanta la vista al tiempo que una voz ronca de hombre, sin que medie ningún tipo de saludo, dice: — Madre, ¿se puede saber por qué no enciendes la lámpara? No debes ver ni torta. — Me gusta la luz que se cuela por la ventana, hijo. Quiero disfrutar de estos colores que no tardarán en desaparecer. Además, para tejer no necesito ver mucho. Mis manos, aunque ya no son lo que eran, lo saben hacer casi a oscuras. El hombre, que viste unos tejanos con varios rotos deshilachad...

¿Justicia?

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  Los párpados me pesaban y, aunque yo quería abrir los ojos, no podía. Intenté mover las manos y solo los dedos de la mano izquierda me obedecieron; la mano derecha me pesaba demasiado. Después de varios intentos, conseguí mantener los ojos abiertos pero sin entender lo que veía. Una voz suave me hablaba y yo era incapaz de comprender sus palabras. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de semiinconsciencia. Hasta que escuchar mi nombre, "María María", me hizo reaccionar. Poco a poco pude enfocar la mirada y, al verla, mi dolorido cuerpo se sintió confortado. Por fin sabía lo que me impedía mover la mano izquierda. Mi madre, la tenía atrapada entre las suyas como si tuviera miedo de que me escapase. Me entristeció ver que su rostro, que yo recordaba fresco y sonrosado, era ahora macilento y tenía grandes surcos bajo los ojos. —Mamá mamá. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? — susurré y a mi madre se le humedeció la mirada. —Hija, ¡por fin abres los ojos! Esp...

Cuando el pasado te persigue

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Ignoro si lo que se contaba es cierto. Nunca he podido verificarlo, pero quiero creer que no hay nadie capaz de inventarse unos hechos tan graves. Lo cierto es que fue una de las primeras cosas que me explicaron cuando me nombraron Directora de la  fábrica  de Segovia.  Era una planta pequeña, dedicada a la confección de pantalones tejanos, o “jeans” como les llamábamos en el argot interno. Daba trabajo a un centenar de personas, entre patronistas, cortadores, cosedoras y personal administrativo. Algunos de los empleados llevaban trabajando allí más de quince años. En cierto modo era como una gran familia y, como en toda familia, habían cotilleos, rencillas, noviazgos, divorcios y algún que otro lío no confesado.  El protagonista de la historia, que corría de boca en boca, era el Encargado de Compras. Se llamaba Ernesto y gestionaba el aprovisionamiento de todos los complementos necesarios para la elaboración de las prendas.  Era eficiente y organizado e...