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Despertar belicoso

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Iglesia de Cajicá, Cundinamarca, Colombia Suena la campana de la iglesia. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Me giro remolonamente en la cama. No. No tengo que levantarme. Todavía no. Hoy es domingo, el día amarillo. Sí, todos los días tienen su color y el domingo resplandece como el oro. Abro los ojos, parpadeo y por fin puedo ver con claridad la luz que se filtra a través de las rendijas de mi ventana. Me recuerda los mechones rubios de una princesa de cuentos de hadas. Dejo pasar el tiempo mientras me sumerjo en mis ensoñaciones que me llevan a una playa del Caribe de arenas doradas donde me dejo mecer por las olas, a bordo de un catamarán de velas de color ocre. De repente, una música estridente me arranca con violencia de mi paraíso imaginario. Me levanto abro la ventana y allí está él. En el edificio de enfrente, con un maillot ridículo y amarillento; pedaleando frenéticamente en una bicicleta estática mientras suena a todo volumen una canción machacona. Miro el...

Cuando el pasado te persigue

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Ignoro si lo que se contaba es cierto. Nunca he podido verificarlo, pero quiero creer que no hay nadie capaz de inventarse unos hechos tan graves. Lo cierto es que fue una de las primeras cosas que me explicaron cuando me nombraron Directora de la  fábrica  de Segovia.  Era una planta pequeña, dedicada a la confección de pantalones tejanos, o “jeans” como les llamábamos en el argot interno. Daba trabajo a un centenar de personas, entre patronistas, cortadores, cosedoras y personal administrativo. Algunos de los empleados llevaban trabajando allí más de quince años. En cierto modo era como una gran familia y, como en toda familia, habían cotilleos, rencillas, noviazgos, divorcios y algún que otro lío no confesado.  El protagonista de la historia, que corría de boca en boca, era el Encargado de Compras. Se llamaba Ernesto y gestionaba el aprovisionamiento de todos los complementos necesarios para la elaboración de las prendas.  Era eficiente y organizado e...

Errores que se pagan caros

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—Y ¿a qué hora, dice usted que sucedió? —El inspector Romero golpea repetidamente el bloc de notas con el lápiz; poco amigo de las nuevas tecnologías, se resiste a abandonarlos.  —Pues, no sé, no estoy segura… no lo puedo recordar con claridad —balbucea Maruja entre sollozos—, serían las tres o tres y media. Yo no estaba para mirar el reloj, inspector . —Perdone que insista, señora Medina. Piénselo bien. Los detalles aquí son de suma importancia. Debemos revisar las cámaras de vídeo de la sucursal bancaria que está delante de su casa. Media hora parecerá poca cosa, pero no lo es. —Lo intento, inspector, lo intento —Maruja, recostada en la camilla de la ambulancia, suspira y continua hablando con voz entrecortada por el llanto—. A ver, salí del restaurante pasadas las dos de la madrugada, no era demasiado lejos, así es que debí llegar a casa en cuestión de media hora. Los ojos de Maruja se nublan de nuevo y  revive las imágenes  como si estuviera viendo...