Confidencias

 


Acabo de recibir una de las pocas cartas que todavía llegan por correo. Es del Ministerio del Interior; descarto que sea una multa porque ahora casi no conduzco y me digo que será la actualización de las pensiones. Cojo el abrecartas y mientras el metal rasga el papel, lo recuerdo.

Nos reuníamos todas las mañanas a eso de las doce. La correspondencia, siempre muy abundante, ya había llegado, y armadas con un abrecartas nos sentábamos a distribuirla por asunto. Los pedidos a la izquierda, las facturas a la derecha, las consultas técnicas en el centro, y así sucesivamente. Una vez finalizada la clasificación, nos dirigíamos al casillero central para colocar cada grupo de cartas en el departamento pertinente.

Aunque hacía poco que nos conocíamos, esa rutina se convirtió en un momento propicio para las confidencias. El abrecartas se movía al ritmo de nuestra charla, que podía ser tan variada como imprevisible. Las conversaciones versaban sobre todo acerca de los cotilleos que corrían por la oficina, pero también incluían temas más personales como aquel día en el que entre risas mi compañera me confió que se había quedado embarazada la noche anterior. Al parecer, el preservativo se había perdido en medio del apasionado encuentro. Yo me moría de risa e incredulidad, pero el tiempo le dio la razón.

En otra ocasión fui yo la que le confié algo que también trascendía la vida laboral.

―¿A que no te imaginas lo que me propuso ayer el Jefazo? ―Así llamábamos al director general, que era además propietario de la empresa.

―¡A saber! Se le puede haber ocurrido cualquier cosa, pero conociéndolo, nada bueno.

―Pues, me metió un rollo soberano: que se está acabando el verano y que tiene que traer su yate, que ahora está en Salou, al Port El Balís, que se tarda unas cuantas horas y bla, bla, bla. En definitiva, que me invitaba a acompañarlo. Para mí sería una ocasión de navegar y pasar un día diferente.

―¡Qué jeta! ¿Y por qué no se lo pide a su mujer? ¿Qué le has contestado?


―Pues, que sí, claro. Que estaré encantada de ir.

Ante la cara de estupefacción de mi compañera, me apresuré a añadir:

―Y que me avise del día con tiempo, que yo iré con mi marido y los niños.

―¡Ja ja ja!

Así, día tras día se fue tejiendo una amistad perdurable. Era la única persona con la que siempre pude ser cien por cien sincera, aunque doliera. Ella me enseñó esa forma de amistad. No necesitábamos subterfugios ni eufemismos para contarnos lo bueno y lo malo. Los años han volado y ella ha abandonado este mundo demasiado pronto, dejando un vacío difícil de llenar.

Coloco el abrecartas sobre la mesa y compruebo que, en efecto, el Ministerio me comunica la regularización de la pensión.

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