Los peligros de la curiosidad
Voy a tratar de explicarle los hechos de la forma más detallada posible.
Verá usted: me tenía intrigada, claro que lo estaba. Porque todas las noches, exceptuando el fin de semana, se encerraba en el estudio, según él, para trabajar en su tesis doctoral sobre la reproducción de los caballitos de mar; y aunque Jacinto es biólogo, a mí me parecía un tanto sospechoso. Decía que necesitaba aislarse y yo lo respetaba, hasta cierto punto, claro. Más de una vez, cogía un vaso, lo apoyaba en la pared del despacho para ver si conseguía oír alguna conversación indiscreta. No sirvió de nada, no hablaba con nadie, lo máximo que llegué a escuchar una vez fue un par de suspiros.
Al día siguiente, con la excusa de hacer limpieza, entré en la habitación para ver si así encontraba alguna pista interesante. Nada, no había papeles emborronados o hechos trizas, ni tan siquiera libros de biología, nada de nada. Solo quedaba su PC, que me miraba desafiante desde el escritorio. No pude evitar la tentación y lo encendí. Como era de esperar, se desplegó ese cuadradito antipático que pide la contraseña y, después de dos intentos frustrados con mi fecha de nacimiento y la suya, lo dejé correr por si se bloqueaba como hacen los móviles.
Recuerdo ese día porque llovía a cántaros. Entré en la habitación misteriosa en busca de un paraguas y ¿qué descubrí? Muy simple: que el armario donde siempre guardábamos las gabardinas y los paraguas estaba cerrado con llave. Y la llave, claro, estaba en paradero desconocido. ¿Qué podía haber en ese armario para que tuviera que estar cerrado a cal y canto? No puedo negar que mi curiosidad estaba sobrepasando los límites de lo soportable. Sí, ya sé, cualquiera diría que abrir una puerta de este tipo es superfácil, pero no para una mujer poco habilidosa como yo. Y tampoco se trataba de echarla abajo a lo bestia. Pasé varios días dándole vueltas a cómo conseguir la llave, pero iba a esperar un momento propicio porque, ya se sabe, no hay nada mejor que la paciencia y la perseverancia, aunque suene cargante.
La noche del incidente, me levanté al baño a eso de las dos de la madrugada y oí algo que me puso los pelos de punta. Me hizo pensar en el pueblo y en cómo gruñían los gorrinos el día de la matanza. Me acerqué a la puerta del estudio, que como siempre estaba cerrada y, aunque los gruñidos habían cesado, escuche la voz de Jacinto que entre gemido y gemido decía: “me va a dar algo, me va a dar algo” y una extraña voz le respondía “lo mejor está por llegar”.
¡Jacinto estaba en peligro! Tenía que ayudarlo. Sin decir ni mu para no dar pistas al supuesto agresor, corrí a la cocina, me hice con el cuchillo más grande que encontré y volé al estudio, susurrando para mis adentros “aguanta, Jacinto, que yo te saco de esta”. Entré en la habitación, me abalancé sobre el desconocido y le clavé el cuchillo con furia.
―¡Que me vas a matar, mujer! ―tronó Jacinto mientras sujetaba mi brazo con fuerza.
Si no hubiera sido por eso, él ahora tendría quién sabe cuántos agujeros en el cuerpo en vez de uno solo, porque yo estaba descontrolada.
Necesité varios minutos para recuperarme y darme cuenta de mi error mientras que un extraño ser metálico yacía al lado de Jacinto.
Señor Comisario, le juro que le digo la verdad. Todo fue un malentendido. ¿Cómo iba yo a saber que mi marido me ponía los cuernos con un robot? ¡Yo solo quería salvarle la vida!
Imagen de JBPGraph en Pixabay

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