27 de julio de 2022

Exigencias

 




Julia tenía muchos pretendientes pero ninguno era lo bastante bueno para ella. A todos les encontraba defectos: Mario era cejijunto, Manuel tenía la nariz demasiado grande, Ricardo las orejas de soplillo y Javier los labios muy finos.

El día que les presentó su prometido, sus amigas quedaron impresionadas. Había conseguido lo imposible: su novio era la fusión de todos sus antiguos pretendientes.

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Imagen tomada de Internet (Autorretrato de Picasso)

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18 de julio de 2022

El maletín

 


Calzando unos zapatos de tacón, sacados a escondidas del armario de su madre y en los que a duras penas se veían sus pies, Judit salía a pasear por el jardín haciendo bailar sus trenzas. Colgado de un brazo, llevaba un bolso más grande que ella, mientras decía:

—Estoy esperando a mi novio que no viene. Pues si no viene, que no venga. Peor para él.

Su madre, que la observaba de lejos, sonreía divertida.

Una mañana, cuando tenía poco más de tres años, la niña salió de la casa a hurtadillas para visitar los gatos de una de las vecinas. Los "mius" como decía ella. Pensó que nadie se habría dado cuenta. El barrio en que vivían era tranquilo. No era raro ver a los niños pasear solos; todos los vecinos se conocían y, en esa época, los vehículos que transitaban por allí eran escasos.

Regresaba ya de su aventura cuando tropezó y estuvo a punto de caerse. Enseguida quiso saber qué era lo que se había atrevido a interrumpir su marcha. A sus pies un maletín gris lustroso, del que sobresalían unos papelitos de colores que ella creyó que eran cromos, parecía esperar a que alguien se lo llevara. A Judit le picó la curiosidad. Quería abrirlo, pero no sabía cómo. Le estuvo dando vueltas y presionando todos los botones que vio, hasta que sonó un "clic" dejando a la vista varias filas con montones de billetes de distintos colores. Mirándolos bien, le recordaron a esos "papeles" que su madre a veces llevaba en el monedero y entregaba a la tendera cuando iban a comprar.

Una ráfaga de viento hizo volar uno de los billetes y a Judit le gustó ver como el aire lo hacía rodar por toda la calle.

—¡Qué divertido! —pensó—. ¡Pueden volar!

No tardó en coger un billete y lanzarlo al viento. Después otro y, luego, varios más.

Estaba tan embobada que no se dio cuenta de la gente que se iba arremolinando a su alrededor. Alguien, no se sabe quién, quizás la madre de la niña que había salido a buscarla, avisó a la policía. Con la llegada del coche patrulla se acabó la diversión. Poco a poco el tumulto se fue deshaciendo. Los agentes recogieron el maletín y los billetes todavía esparcidos por el suelo, mientras Judit les gritaba:

—¡Ey! ¡Sois unos ladrones, el maletín es mío! ¡Que me lo he encontrado yo!

Uno de los policías se dirigió a la niña:

—¡Hola, guapa! ¿Cómo te llamas?

—No te conozco. No puedo hablar contigo

—No tengas miedo. Soy policía, ¿ves? —dijo mostrando su placa—. Solo quiero ayudarte. Dime, ¿dónde te has encontrado este maletín?

—Me llamo Judit y el maletín es mío porque me lo he encontrado —insistió la niña.

—Ya veo... Y ¿dónde estaba?

—Yo qué sé, pues allí, en la calle.

—¿No lo has sacado de tu casa?

—¡Que no! ¡Que te digo que estaba en la calle!

—Mira, Judit, seguramente alguien lo ha perdido. Dentro hay mucho dinero. Me lo tendré que llevar para devolvérselo a su dueño.

—¡¡¡No!!! Es mío y de nadie más. ¡Mamá!

Y la pequeña rompió a llorar, mirando a su madre que corría hacia ella y la abrazaba.

—Judit, creo que tendrás que hacer caso al policía.

La niña, refunfuñando, dejó que el agente se llevara en maletín.

Al cabo de unos días, cuando todo parecía olvidado, Judit paseaba de nuevo por el jardín. Iba hablando y gesticulando con las manos como quien explica una historia a un amigo:

—Los mayores son un rollo. Porque, mira, ayer me encontré un maletín muy chulo y yo lo quería para jugar y vino un poli tonto y se lo llevó. Si te encuentras algo que te guste en la calle, no lo cojas porque seguro que el poli tonto te lo quita. Que yo lo sé.

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Foto de Pixabay

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13 de julio de 2022

El paso del tiempo

 


Cuando la conoció le pareció la mujer más bella del mundo. Deseaba con locura hacerla suya por lo que desplegó todas sus artes amatorias. Le recitaba poesías de Bécquer, le enviaba ramos de rosas rojas por sorpresa, le regalaba bombones y lo más importante: sabía satisfacer sus deseos antes de que ella supiera que los tenía. Sus sueños se hicieron realidad: se casó con ella y tuvieron tres hijas. Eran felices.

Han pasado los años y ahora que, por fin, vuelven a estar solos, él no para de repetir a quien quiera oírlo los mil y un defectos que tiene su mujer.

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Imagen de Pixabay


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6 de julio de 2022

Salir del armario

 


   Entonces seré yo quien necesite un amigo imaginario, pienso mientras me encierras en el armario. Así podré llenar las horas muertas hasta que la oscuridad te devuelva a mi lado, para decirme que no puedes vivir sin mí.

  Me pregunto qué pensarían tus amigos y tu madre si supieran que, a tus veinte años, todavía eres incapaz de dormir sin tu oso de peluche.

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Imagen de Pixabay



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28 de junio de 2022

Des-conectado

 


Alex está en perfecta conexión con el mundo virtual. Por la noche, mientras sus padres ven el noticiero en televisión, se sumerge en TikTok, Instagram, Twitter y Snapchat. Por la mañana, lo primero que hace al abrir los ojos es comprobar los mensajes de WhatsApp. Durante el desayuno, tampoco aparta la vista de la pantalla ni un segundo y responde a las preguntas de su madre con monosílabos. Va al colegio en bicicleta y, con una mano en el manillar y la otra sujetando el móvil, aprovecha ese momento para chatear con su novia. Hasta que una mañana no se da cuenta de que el semáforo está en rojo. A su madre nunca se le había ocurrido pensar que añoraría tanto sus monosílabos.

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Imagen de Pixabay

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21 de junio de 2022

El extraño

 



Es cierto que era una persona un tanto enigmática. En eso estábamos todos de acuerdo. En lo que no había unanimidad era en definir la razón que lo hacía tan diferente.

La forma en que aterrizó en nuestras vidas distaba mucho de ser habitual. Se llamaba Kamil y llegó al instituto, casi finalizando el segundo trimestre, porque a su familia la habían trasladado por trabajo. No explicó mucho más. También es cierto que, en aquel momento, no estábamos demasiado interesados en conocer los detalles. Pasábamos de él.

Poco a poco su presencia empezó a hacerse notoria y no precisamente para bien. Era más alto que la mayoría de nosotros, delgado y con unos pelos que parecían haber sufrido los efectos de un huracán. Con un aire entre inocente y despistado, era el típico empollón que siempre conocía todas las respuestas y, a menudo, corregía las nuestras. Creía saberlo todo de todo y no tenía ningún interés en disimularlo. Algunos opinaban que era un genio; otros, como yo, pensábamos que era un pedante que solo quería llamar la atención.

Cuando se unió a nuestras salidas los fines de semana por la noche, nos dimos cuenta de otras rarezas. Como que ni siquiera esbozaba una sonrisa cuando explicábamos chistes, eso sí, sin dejar de observarnos. O que, en las peores discusiones, nunca parecía enfadado. Permanecía impasible. Otras veces se quedaba "colgado" en medio de una conversación, como cuando un ordenador deja de responder y muestra ese círculo intermitente que no para de girar sobre sí mismo.

Estábamos en un momento en el que, quién más quién menos, todos teníamos algún tipo de relación más allá de la simple amistad: nuestra chica o chico favoritos. Todos menos Kamil. Ni hetero ni homo. Nunca lo veíamos tontear con nadie. Nada de nada.

Además, ninguno de nosotros sabía donde vivía. Cuando le preguntábamos por su casa se limitaba a decir "está en la falda del Tibidabo". Nunca nos invitó a conocerla. Nos tenía tan intrigados que, un viernes por la tarde, Juancho y yo quedamos de acuerdo para seguirlo al salir de clase.

Le dimos un par de minutos de ventaja y comenzamos a caminar tras él. Cuando cogió los ferrocarriles catalanes en la plaza Molina, nos subimos en la parte trasera del vagón y le seguimos al bajar en la Avenida Tibidabo. Una vez allí, comenzó a caminar por la avenida a paso ligero a pesar de la subida. Tanto que nos era difícil no perderlo. Tampoco queríamos acercarnos mucho porque podía descubrirnos. Kamil sobrepasó la parada del funicular y siguió por la calle que va directa a la carretera de las Aguas. Juancho y yo nos miramos. ¿Vivía en la Casa Arnús? ¡No podía ser! Pero no. Pasó de largo. Una vez en la carretera de las Aguas empezó a subir entre los árboles. Estábamos a punto de rajarnos, pero nos pudo la curiosidad. A pesar de que los días comenzaban a ser más largos, el sol estaba ya muy bajo y no tardaría en anochecer. La idea de que allí sería difícil perderse, nos hizo continuar.

Por fin detuvo su marcha en una pequeña explanada rodeada de pinos, pero allí no había absolutamente nada. Kamil dio una ojeada a su alrededor y, por un momento, dirigió la vista hacia donde estábamos nosotros. Aguantamos la respiración hasta que desvió la mirada. No dio muestras de haberse dado cuenta de nuestra presencia. A continuación, lo vimos sacar lo que parecía un teléfono móvil. Lo manipuló durante unos segundos hasta que un estruendo nos hizo dar un brinco y una luz deslumbrante nos cegó.

Me desperté en mi cama como cualquier día después de haber bebido más de la cuenta. No tenía ni idea de qué o quién me había hecho llegar hasta allí. Me dolía la cabeza y me constaba pensar con claridad. Cuando pude reaccionar, lo primero que hice fue llamar a Juancho. No me sorprendió saber que él estaba igual que yo.

El lunes siguiente Kamil no se presentó en el instituto. Tampoco el martes, ni el miércoles. Desapareció como había llegado: inexplicablemente.

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Imagen de Clker-Free-Vector-Images en Pixabay 


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14 de junio de 2022

Polen

 


Fueron apareciendo poco a poco. Al principio no le di importancia. Cosas de la primavera pensé yo. Era normal que el polen se colara por las ventanas. Pero esas bolitas grises, del tamaño de un grano de trigo, eran cada vez más abundantes. Cogí el aspirador para eliminarlas. Creía haberlas recogido todas, pero no debió ser así porque, al entrar en mi habitación, encontré dos en la mesita de noche. Se habían hecho enormes y tenían unas ranuras alargadas. Me acerqué y golpeé una de ellas con un dedo. Sonó un plop y, como un transformer, se convirtió en un extraño ser en miniatura que iba ganando tamaño con rapidez. Parecía tener patas telescópicas. Salí corriendo y no pude evitar pensar en esa vecina a la que todos llamábamos "la loca" porque se pasaba el rato repitiendo: "¡ya están aquíiii!"

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Imagen de Michael Schwarzenberger en Pixabay 

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