12 de abril de 2021

La Princesa y la esfera dorada



Según reza la leyenda, Sant Jordi salvó a la Princesa de ser devorada por el temible dragón. Pero, ¿seguro que fue así? ¿Quién nos asegura que, en realidad, la historia no fuera algo diferente?

Si lo prefieres aquí puedes escucharlo narrado

Narrador: Maite Bilbao


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La Princesa avanzaba con paso incierto hacia un fin terrible. Pronto se enfrentaría con el terrorífico dragón. Estaba cerca de su destino cuando un resplandor que le impedía ver interrumpió su paso. Un tornado apocalíptico la absorbió en su vórtice haciéndola desaparecer. El dragón, que la esperaba impaciente, permaneció aturdido por unos segundos; luego, desplegó sus potentes alas y se lanzó a la persecución de la Princesa. La fuerza del tornado era tal que arrastró al animal como si se tratara de una pluma. Ambos dieron vueltas y más vueltas en el interior del torbellino durante un largo tiempo.


Poco a poco el tornado perdió fuerza y, primero la princesa y más tarde el dragón, cayeron al suelo. Atónitos comprobaron que se hallaban en un lugar del que no podían ni sospechar la existencia. No había vegetación, ni tampoco casas o castillos. Estaban en un recinto de grandes dimensiones rodeados por objetos de formas geométricas de color azul en diferentes tonos que iban del más claro al más oscuro. Al fondo, no tardaron en descubrir a un ser de cabeza cuadrada, también azul, que los observaba con su único ojo. Con un gesto, les ordenó permanecer inmóviles mientras pronunciaba extrañas palabras que no comprendían pero que les proporcionaron cierto sosiego. Luego, les hizo beber una pócima maloliente que les provocó arcadas. A pesar de las náuseas, acabaron cayendo en un sueño profundo que los llevó a recorrer los acontecimientos de sus vidas. Mientras, la voz del ser azul seguía sonando en sus cabezas.


En el pueblo de la Princesa a nadie le extrañó que no hubiera rastro de ella pero sí les pareció sorprendente no volver a ver al dragón. Por primera vez en mucho tiempo respiraron tranquilos. Un atardecer, justo cuando se cumplía una semana de la desaparición de la Princesa y el dragón, vieron acercarse una esfera dorada que emitía una luz cegadora y volaba en círculos por encima de sus cabezas. Con temor corrieron a agazaparse donde pudieron. La esfera fue descendiendo lentamente hasta posarse en el suelo. Después, se abrió por la mitad; de su interior vieron descender a la Princesa que llegaba acompañada de un corcel blanco que cargaba sobre su grupa dos cestos enormes repletos de rosas rojas. Del dragón nunca se volvió a saber nada.


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Imagen de Pixabay

4 de abril de 2021

Lealtad ante todo

 



Unidas por la amistad desde la infancia, Raquel y Eva ya habían perdido la cuenta de las confidencias y aventuras que habían compartido. Había una cosa que tenían claro: no habría lugar para la traición en su relación, serían leales toda la vida.

Habían compartido colegio, vacaciones, amistades, fiestas y, ahora, los estudios universitarios. Estaban tan unidas que algunos pensaban que eran hermanas. Tampoco es que no tuvieran desacuerdos. A veces discutían sobre cosas de poca importancia, que ellas se tomaban muy a pecho, como aquella vez en la que no llegaron a ponerse de acuerdo sobre si los árboles del tamarindo eran de hoja caduca o no. Pero la mentira y la deslealtad no eran una opción. Ellas no iban a hacer como Ana que presumía de ser la mejor amiga de Isabel y no había tenido ningún escrúpulo en enrollarse con el novio de esta última. O como cuando Julia le decía a -según ella- su mejor amiga que su padre estaba siempre de viaje porque era diplomático y, en realidad, estaba en la cárcel cumpliendo condena por maltratar a su madre. Sin olvidarse de Susana, que no había dudado en plagiar el trabajo de Marina y presentarlo como propio. Ellas eran el ejemplo de lo que Raquel y Eva nunca harían.

Un invierno, las dos amigas se sumaron a una salida de fin de semana de esquí con con sus compañeros de universidad. Escogieron con cuidado su equipaje sin olvidarse de incluir, junto a la ropa de abrigo, un par de vestidos ceñidos y atrevidos para las salidas nocturnas.

Ellas, como no eran precisamente expertas en el arte de los deportes alpinos, buscaron un monitor que les enseñaran a descender por las pistas sin hacer demasiado el ridículo. Así fue como conocieron a Carlo. El joven desató la inmediata admiración, y algo más, de ambas amigas. Y no era para menos. Carlo era un italiano de tez bronceada y ojos de un azul profundo que combinaba a la perfección con una mata de pelo rubio y ensortijado que pugnaba por escapar de su gorro de lana. A pesar de lo muy solicitado que estaba, se las ingeniaron para conseguir ser las primeras en su lista de clases de esquí.

Fue precisamente ese fin de semana cuando la fidelidad de las amigas comenzó a debilitarse. De pronto, sintieron la necesidad de comenzar un entrenamiento periódico. Subirían a La Molina todos los fines de semana; concretaron horarios con Carlo y todo quedó establecido para iniciar su nueva aventura blanca.

Un día, Raquel le confesó a Eva que el monitor de esquí le quitaba el sueño y Eva hizo ver que el sentimiento recién estrenado de su amiga no le importaba. Nada hacía pensar que la armonía pudiera romperse. Cada día descendían con más agilidad las pistas verdes. Pronto pasarían a las azules y, con un poco de suerte podrían finalizar la temporada atreviéndose con las rojas. Eran días intensos: nieve y naturaleza durante el día; fiesta, copas y música por las noches. Y los monitores no faltaban nunca cuando de fiesta se trataba. Carlo parecía no darse cuenta de las miradas insinuantes de Raquel y solo tenía ojos para Eva. Y Eva... Eva, aunque no lo había confesado, perdía la cordura por él.

Llegó el final de la temporada y con él, la consabida fiesta de despedida. Un velo de nostalgia parecía cubrirlo todo a pesar de que se habían propuesto disfrutar hasta el último minuto. En los altavoces retumbaban los últimos éxitos de la música dance. Los cubatas y los gin-tonics se servían sin descanso y en la pista de baile no cabía ni un solo alma más. Comenzó a sonar la canción favorita de Raquel y Eva, esa que siempre bailaban con una coreografía creada por ellas. Raquel instintivamente, buscó a su amiga en medio del gentío que atestaba la discoteca pero no la pudo ver por ninguna parte. "Estará en el servicio", pensó y corrió en su búsqueda. Y entonces fue cuando estalló la tormenta. Allí estaba Eva, amparada en la oscuridad del pasillo, sumergida en los brazos de un hombre cuyos cabellos ensortijados no dejaban lugar a dudas.


Imagen de pasja1000 en Pixabay 

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21 de marzo de 2021

Regreso al hogar

 






El portón de entrada a la casa había desaparecido y lo que antes había sido un jardín repleto de azaleas y geranios era ahora un terreno yermo y ennegrecido por el fuego. El camino que llevaba hasta la casa estaba repleto de cascotes y montones de desechos. Al fondo, la fachada, otrora blanca, había adquirido un tono grisáceo y estaba cubierta de culebras dibujadas por la metralla que se había abierto paso sembrando grietas y orificios. Las ventanas, con los vidrios resquebrajados, mostraban los jirones de las que un día fueron cortinas de terciopelo.

Hacía un año que Roshni se había visto obligada a abandonar su casa y ahora que por fin había podido regresar le esperaba un panorama que ni en sus peores pesadillas había podido imaginar. Había tenido que afrontar las muertes de su esposo, su padre y hasta de su hijo mayor y lo había hecho con entereza a pesar del profundo dolor. Y ella, que creía que sus lágrimas se habían agotado, sintió un escalofrío y sin pretenderlo, sus ojos se humedecieron. Ya nada pudo detener el torrente que se había liberado. Sus piernas flaquearon y dio con las rodillas en el suelo. Su hija de cinco años, Fairuza, la rodeó con sus minúsculos brazos tratando de consolarla mientras Babak se tapaba la cara con horror.

Cuando pudo reunir las fuerzas necesarias, entró por fin en la que había sido su hogar durante casi veinte años. Allí había llegado después de su matrimonio con Ali; allí habían nacido sus tres hijos Ebrahim, Babak y Fairuza y allí habían trascurrido sus días, unos felices y alegres, otros llenos de preocupación, desesperanza y soledad.

Recorrió las estancias de la casa que no habían merecido mejor suerte que el exterior, aunque algunos muebles habían resistido. En su deambular, seguida de su hijos, volvió a recordar las últimas escenas vividas en su hogar.

Eran tiempos convulsos y a la Revolución Islámica se había añadido la guerra con el país vecino. Ese día, tras finalizar las oraciones de la noche, Roshni se disponía a cenar junto a sus tres hijos cuando le pareció oír unos pasos en la gravilla del jardín. Se temió lo peor. Enseguida, sonó el timbre insistentemente. No habían tenido tiempo ni de incorporarse, y ya los golpes comenzaron a sonar en la puerta. Con el corazón encogido, Roshni corrió a la entrada seguida de su hijo mayor, Ebrahim. Llegaron a tiempo de ver como el portón saltaba por los aires. Una patrulla de diez hombres irrumpió sin contemplaciones gritando: "buscamos a Ebrahim Rahmani". No atendieron a las súplicas de Roshni que les decía que no era más que un niño; que acababa de cumplir dieciséis años y que nada malo podía haber hecho. Apuntándoles con sus kalashnikovs, los soldados amenazaron con llevárselos a todos si se seguían resistiendo.

Al día siguiente, comenzó el peregrinaje de Roshni. Acudió a todos los miembros de su familia, amigos y conocidos buscando ayuda para intentar averiguar a dónde y por qué se habían llevado a su hijo. Nadie parecía saber nada. Pasaron seis meses de incertidumbre hasta que una mañana recibió una notificación oficial. Con manos temblorosas abrió el sobre y al ver su contenido dejó ir un grito desgarrador. Habían acusado a Ebrahim de traición y colaboración con los muyahidines. En el escrito, decían tener indicios suficientes para creer que pretendían atentar contra el Cuerpo de Guardia de la Revolución Islámica. En un juicio sumarísimo, sin la presencia de abogados defensores, habían dictado sentencia.

No hubo piedad para él, ni para los otros seis muchachos que habían sido detenidos bajo la misma acusación y cuyo único delito había sido acudir a reuniones clandestinas y repartir panfletos revolucionarios.


Imagen de Jörn Hendrichs en Pixabay

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14 de marzo de 2021

Los lunes no molan

 

    Todos los habitantes de Loslunesnomolan estaban de acuerdo: el lunes eran un día odioso. Los domingos por la tarde el país se cubría de un manto de tristeza que se colaba hasta en las rendijas más pequeñas. Los ciudadanos caminaban mirando al suelo y arrastrando los pies. Se encerraban temprano en sus casas. Parecía que quisieran atrapar así sus últimas horas de libertad antes de que llegara el temido día. Los lunes por la mañana las ciudades despertaban lentamente y nadie parecía tener la energía suficiente para comenzar la semana laboral. Era necesario remediar esta situación como fuera. Por eso, después de una consulta popular cuyo resultado no sorprendió a nadie, el Consejo de Estado tomó una decisión: a partir del mes de abril siguiente, los lunes quedarían suprimidos.

    Cuando Feliciano Pereza se enteró de la buena nueva daba saltos de alegría. No se lo podía creer. La vida empezó a parecerle más bella. Inocentemente creyó que ahora tendría más tiempo para hacer lo que más le gustaba: nada. El tiempo le sacaría de su error.

    Las primeras semanas nada parecía haber cambiado excepto, claro está, que las semanas no tenían lunes. Feliciano Pereza comenzaba su semana laboral los martes a las ocho de la mañana y la finalizaba el viernes a las siete de la tarde. Era el encargado de llevar la contabilidad del supermercado Miraquebien de su barrio y lo hacía a una velocidad calculada, suficiente para no perder el empleo y no tan alta para que le hiciera finalizar la jornada demasiado cansado.

    Pero..., todas las historias tienen su pero y esta no iba a ser diferente. El periodo de vacaciones anual se estaba acercando y Benito Eficiente, Jefe de Administración de Miraquebien, empezó a concretar las fechas en que cada empleado podría tomar sus vacaciones. Cada uno tenía derecho a treinta días naturales. Pronto llegó el turno de Feliciano y, en ese momento, se descubrió que la contabilidad llevaba un retraso igual al número de semanas que habían transcurrido desde la eliminación del lunes. Benito Eficiente fue tajante con su decisión, Feliciano no podría salir de vacaciones hasta que la pusiera al día y los días que necesitara para hacerlo le serían descontados de su días de vacaciones.

    La mayoría de los habitantes de los Lunesnomolan se enfrentaron al mismo problema que Feliciano Pereza, por lo que acabaron implorando que repusieran los lunes. Nadie lo sabía aún pero el nombre del país acabaría siendo Loslunesnosontanmalos.

Imagen de Mary Pahlke en Pixabay 

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1 de marzo de 2021

La herencia

 



Cuando me llamó Ramiro para pedirme que le ayudara con los trámites de un testamento no tenía ni idea de lo peculiar que iba a ser la operación. Él, cuya especialidad era el derecho penal, se había visto involucrado en una herencia y quería asegurarse de que no quedara ningún cabo suelto. Para mí era evidente que Ramiro era perfectamente capaz de afrontar el asunto pero, en nombre de nuestra amistad, acepté su propuesta sin pensarlo.

Todo había empezado en el momento en que su amigo, Roberto Núñez-Marañón, había caído enfermo y había visto acercarse el final. Había llamado a Ramiro para pedirle dos cosas. La primera, que fuese su albacea testamentario, no le sorprendió. La segunda le pareció menos común: su testamento debía permanecer en secreto hasta después de su muerte.

Un mes después del fallecimiento de Roberto, Ramiro convocó a la viuda y a sus siete hijos. Como era de esperar, me pidió que estuviera presente. El día señalado llegué al bufete de mi amigo con algo de antelación. Lo tenía todo preparado y, sin embargo, me pareció un tanto inquieto. No tardaría en saber el motivo.

Ramiro se encargó personalmente de recibir a los visitantes que llegaron precedidos por la viuda, uno detrás de otro en procesión. Se acomodaron en la sala de reuniones en orden, como si lo hubieran pactado con anterioridad. La edad de los hermanos oscilaba entre los veinticinco y cuarenta años y el aire de familia era muy patente en todos ellos. Pero lo más curioso era que daban la impresión de no haber dado el estirón todavía. No pude evitar una sonrisa por la imagen que se estaba creando en mi cabeza.

Después de los saludos de rigor y antes de proceder a la lectura del testamento, Ramiro comenzó leyendo la carta que había dejado el finado y que debía ser leída en primer lugar. No reproduciré todo el documento por su gran extensión; transcribo únicamente el párrafo de mayor trascendencia.

"Queridos esposa e hijos:

...Estoy llegando al final de mis días y no quiero hacerlo sin antes reparar el daño que he ocasionado a un ser inocente. Me refiero a Celia Pérez a quién todos conocéis. Os preguntaréis qué pinta ella aquí. Pues bien, os lo confesaré. Fui infiel a vuestra madre y querida esposa. Celia es el fruto del error que cometí y del que estoy arrepentido. También os diré que su madre era la que fue nuestra ama de llaves hasta el día de su muerte. Os pido perdón. A partir de ahora, deberéis tratar a Celia como una más de la familia. Como veréis en el testamento, he dispuesto que reciba parte de la herencia en la misma medida que vosotros. Celia, que ignora a situación, será informada a su debido tiempo..."

Los hermanos, sin esperar a que Ramiro terminara la lectura, comenzaron a lanzar maldiciones e insultos. El griterío traspasó los limites del bufete. La viuda, que no parecía sorprendida con la noticia, pidió silencio con voz de trueno e hizo enmudecer a los hermanos. Mientras, en mi cabeza se repetía la misma imagen de antes, los siete enanitos con una Blancanieves bastante envejecida.

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En los enlaces que hay a continuación podrás ver más historias de esta familia, sobre todo de la heredera inesperada Celia Pérez.

Todo comenzó con: 
1. "Visita inesperada"   para seguir después en
2. "Cuando la vida te sonríe"

Imagen de kalhh en Pixabay 


22 de febrero de 2021

El retrato

Villa de Leyva, Colombia
 

    Sus ojos verdes cargados de picardía contemplan a Marisa desde la pared del comedor. ¿Qué edad tendría? No lo sabe con certeza, pero no más de cuatro o cinco años. A pesar del tiempo transcurrido, cada vez que pasa por delante del retrato se pregunta que habrá sido de él.

    Pedro y Marisa viajan con cierta frecuencia a Colombia para visitar a la familia de Pedro y, un vez allí, aprovechan para hacer un poco de turismo. Ese día, pasean por las calles de Villa de Leyva, teniendo cuidado de no tropezar con los cantos rodados que tapizan sus calles y que dificultan la marcha. Las casas blancas con las puertas de diferentes colores y sus balcones llenos de buganvilias les transportan a otra época. Todavía no han planificado lo que harán el día siguiente. En el hotel les han dicho que, a apenas ocho kilómetros de la ciudad, hay un convento que vale la pena visitar. Se trata del Monasterio del Santo Eccehomo construido en el siglo XVII por los monjes dominicos, ejemplo de construcción colonial. A los dos les parece una buena idea; disponen de tiempo y, además, tienen un carro que el hermano de Pedro les ha prestado.

    A la mañana siguiente, emprenden la marcha. La carretera, si se le puede llamar así, es sinuosa y con muchos baches por lo que no les queda más remedio que ir muy despacio. No les molesta. Como contrapartida, pueden disfrutar sin prisas de un bonito entorno repleto de robles y olivos que recuerda a algunos paisajes mediterráneos.

    A mitad de camino, en un recodo, lo ven. Lleva una gorra a rayas multicolores de la que asoma un flequillo trigueño y una cazadora blanca con mangas azules. Sus diminutos pies llaman la atención por el color de las lazadas de sus bambas desgastadas, una azul y otra roja. Sostiene a dos manos un plato hondo con piedras de formas caprichosas y fósiles de pequeños moluscos. Detienen la marcha, le saludan sonrientes y le preguntan cómo se llama. El niño clava la mirada de sus ojos verdes en la pareja que se siente hipnotizada por la intensidad que transmite. Con un chapurreo infantil repleto de modismos locales les dice que se llama Juan Camilo y que vive en un ranchito no lejos de allí. Añade que ayuda a su hermano mayor a vender piedras y fósiles para sacar unos pesitos. Contra la opinión de Marisa, Pedro cree que no es una buena idea darle dinero. Por eso, le prometen que le traerán un regalo a su regreso del Monasterio. Juan Camilo sonríe con picardía y, cuando le proponen hacerle una foto, posa encantado como si lo hubiera hecho toda la vida.

    El resto del camino lo hacen en silencio. Los muchos años de convivencia hacen que ambos sepan lo que está pensando el otro. La visión del niño les ha conmovido porque les ha recordado lo desigual que es el destino de las personas. Y, sin embargo, no han visto ningún atisbo de tristeza en la mirada del crío.

    La visita al convento colma con creces sus expectativas. Se respira una paz indescriptible y, mientras recorren los silenciosos claustros y contemplan las obras de arte de su capilla, no dejan de pensar en el niño. Al salir encuentran una tiendita muy cerca del Monasterio, que les permitirá cumplir con lo prometido. Compran galletas, dulce de leche y unos caramelos de miel.

    Inician el viaje de vuelta con la ilusión de entregar su regalo a Juan Camilo. Pero, cuando llegan al lugar del encuentro, comprueban decepcionados que no hay rastro del pelao, como llaman allí a los chiquillos. Sin embargo, el niño ha dejado su cazadora encima de unas piedras como testigo de su presencia. Aunque se perderán la reacción de Juan Camilo, dejan el paquete junto a la chaqueta con la esperanza de que lo encuentre allí.

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15 de febrero de 2021

La apuesta



      No me gusta correr; nunca me ha gustado. Si no te persigue nadie, ni se te escapa el autobús y tampoco te va la vida en ello, ¿para qué correr? Se me hace muy difícil entender a los que les gusta salir a correr. Sin embargo, allí estaba yo, en el punto de salida, luciendo un equipo completo de runner, con dorsal incluido, y calzando unas deportivas carísimas, dispuesta a correr durante diez kilómetros o lo que me aguantara el cuerpo.

      Todo había comenzado como una broma: "no te lo puedes perder; es la carrera de los bomberos y estará repleta de tíos buenos". Ante mi impasibilidad, Inés y Marina se pusieron muy pesadas con el tema: que si es por una causa benéfica, que si vas a ser la única que no partícipes, que si lo vamos a pasar de lujo las cinco juntas... No pararon de insistir hasta que al final la insistencia se transformó en apuesta: "lo que pasa es que no eres capaz; tú mucho gimnasio y mucha zumba pero en realidad no estás en forma"; "no vas a aguantar, ¿qué te apuestas?" Y sí, lo consiguieron, dieron con mi punto débil y acepté el reto. El compromiso fue que, si yo aguantaba hasta la meta, me pagarían una cena en un restaurante con estrella Michelín; en caso contrario, sería yo la que tendría que invitar a las cuatro. Vamos que la broma me iba a salir demasiado cara y no estaba dispuesta a perder.

      Y comencé a entrenar..., la primera semana fueron diez minutos, la segunda veinte y la tercera..., nada. Tengo que admitir que la constancia no es lo mío. Pero ya no podía dar marcha atrás; Inés me "había hecho el favor" de inscribirme y ya solo quedaba esperar a que llegara el gran día.

     Era una mañana de noviembre y el frío se hacía notar. La mayoría aprovechábamos la espera para realizar ejercicios de calentamiento. A la hora convenida sonó el disparo de salida. Los primeros en iniciar la marcha fueron un centenar de bomberos equipados como si tuvieran que acudir a apagar un incendio y con ellos se desvaneció el principal atractivo de la carrera. Luego, el resto de participantes, que se contaban por miles, iniciamos la marcha escalonadamente.

     Todo parecía ir sobre ruedas; podía hasta correr sin jadear. Pero, fue solo un espejismo. A los pocos minutos, no tuve más remedio que hacer una parada técnica. Mi vejiga había decidido darme la mañana. Corrí, ahora sí por auténtica necesidad, en busca de un bar donde aliviar mi apuro. Desperdicié unos minutos preciosos. Cuando me reincorporé al circuito no solo había perdido de vista a mis cuatro amigas sino que me había perdido lo mejor de la carrera. Los famosos tíos buenos seguro que estaban todos en el kilómetro cinco, por lo menos. Pero no pensaba abandonar. Resignadamente seguí mi marcha rodeada de todos los rezagados cuya media de edad se distanciaba cada vez más de la mía.

     Centrada como estaba en encontrar alguien interesante a mi alrededor, no pude ver lo que sería el principio del fin. ¿De dónde había salido aquello? Mi pierna derecha trazó un arco ascendente mientras la izquierda intentaba tocar tierra. Pero algo se interpuso en su camino y la fuerza de la gravedad hizo el resto. Sin ninguna gracia, dí con mi cuerpo en el asfalto que mi rodilla golpeó con fuerza. Traté de levantarme, pero las piernas no me respondieron. Todo fue muy rápido. Unas manos fuertes me levantaron del suelo como si fuera una pluma. Levanté la vista y creí que había muerto y estaba en el cielo. ¿De dónde había salido ese espectacular mocetón?

     Mis amigas no pudieron reprocharme no haber llegado a la meta.



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