Entradas

La sombra del pasado

Imagen
  Como si fuera un día más, a pesar de que hoy es festivo, Dani se levanta justo dos minutos antes de que suene el despertador. Mira la hora, activa el sonido de su móvil que todas las noches pone en silencio, comprueba si han entrado mensajes y se levanta. Va al baño y, mientras deja correr el agua de la ducha -detesta las bañeras-, se mira en el espejo, se rasca la barba que, a pesar de ser escasa, él se empeña en lucir, saluda con un gesto a la imagen que le observa desde el otro lado y solo entonces se mete en la ducha, en una secuencia de movimientos heredados de su padre que repite día tras día Hoy es un día especial porque, por primera vez desde que falleció su madre, va a ir a la playa. No ha sido capaz de volver, pero cuando su nueva amiga Laura, que en secreto espera que se convierta en algo más, le ha invitado a ir, no ha sido capaz de negarse. A Laura le intriga más que le gusta Dani. Y por eso busca cualquier excusa para acercarse a él. No entiende cómo a ella, a q...

Una vida de cine

Imagen
Paco era un apasionado del cine. Había visto todas las películas proyectadas desde sus inicios, o casi, y podía recitar de memoria el reparto de cualquiera de ellas. Siempre era de los primeros en asistir a los estrenos y soñaba en secreto en conseguir un empleo relacionado con el séptimo arte. Por eso, cuando llegaron los ochenta, se le ocurrió que el mejor sitio para poner en práctica sus conocimientos era en un videoclub. Se hizo con un buen número de cintas de vídeo y montó uno de los primeros establecimientos dedicado al alquiler de películas de la época. Los viernes, su tienda se llenaba de vecinos que entraban en tropel en busca de una buena película, los más atrevidos se llevaban hasta dos, para disfrutarlas en familia durante el fin de semana. Y allí estaba él, listo para recomendar el mejor título para cada ocasión. En busca del Arca perdida para los amantes de las aventuras, Kramer contra Kramer para los que buscaban un drama sentimental, la eterna Casablanca para los q...

Hurgando en el pasado

Imagen
  Hace varios meses que Mariajo y Vicky no se ven. Por una razón o por otra nunca encuentran el momento para reunirse. Cuando por fin lo hacen se dicen que será la oportunidad para ponerse al día de las últimas novedades, cotilleos incluidos. Pero lo cierto es que la nostalgia se cuela en su conversación y les da por recordar los momentos compartidos hace ya demasiados años. —¿Te acuerdas de los fiestones que organizaba Pancho en su casa? —dice Vicky con mirada nostálgica. —¡Vaya! Eso eran fiestas y lo demás son tonterías. Siempre me he preguntado cómo se las apañó para que no lo echaran del edificio. —Yo tampoco lo entiendo. Más de una vez nos daban las ocho de la mañana en pleno bailoteo. Y hablando de baile, ¿te acuerdas de Esmeralda? —Como para olvidarse de ella. Sin ser guapa, era resultona y llamativa. —¡Y tanto! Claro que el color de su piel y su corte de pelo estilo Grace Jones por sí solos ya llamaban la atención. —¡Y cómo bailaba samba la tía! Parecía recién sa...

El abuelo

Imagen
Cuando Roberto la vio caminando hacia él fue como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua helada encima. Por unos segundos, se le cortó la respiración. Creyó entrar en otra época, en otro momento. Hacía mucho que no experimentaba algo parecido. Volvió a ver la sonrisa pícara de esos ojos color miel que le habían enamorado, con su melena agitada por el viento. La vio paseando por la playa, parándose a recoger los restos de vidrios rotos que el mar devolvía en forma de piedrecitas de colores. Le pareció oír su voz regañándolo porque, una vez más, se había olvidado de bajar la tapa del inodoro. El sonido de su voz y los tejanos ajustados que llevaba la joven rompieron la burbuja en la que se hallaba sumergido y lo devolvieron al momento actual. —¡Abuelo! ¡Has venido! —gritó a pleno pulmón, y mientras lo decía lo apretaba con tal fuerza entre sus brazos, que casi le hizo perder el equilibrio. —¿Cómo se puede cambiar tanto en un año? —¿Yo? Pues, yo que sé, creo que sigo sien...

Vidas ajenas

Imagen
  No es habitual oír gritos en la casa de mi vecina, pero últimamente parece que se hayan vuelto locos. Además, en pocas semanas me la he encontrado varias veces con la cara amoratada. La primera vez, según ella, había abierto una puerta con demasiado ímpetu y, por un error de cálculo, se la había estampado en toda la cara. La segunda, qué casualidad, explicó que, al abrir un armario de la cocina, un pote de miel le había caído en pleno rostro. Hoy, y ya van tres, cuando la he visto ha quedado claro que no tenía ganas de dar explicaciones, porque no ha esperado a bajar en el ascensor conmigo y se ha escabullido escaleras abajo a toda prisa. Así es que creo que no se trata solo de gritos. Me he pasado el día dándole vueltas al tema. Tantos accidentes caseros son demasiados y podrían esconder algo más grave. Me digo que tendría que hacer algo al respecto, pero no sé ni qué ni cómo. De momento todo son sospechas y no evidencias. Y, aunque no creo que me equivoque, lo más fácil es c...

Un ladrón experimentado

Imagen
  La casualidad o el destino, qué más da, me ha traído hasta este piso del Eixample barcelonés, que hará que mi madre deje de mirarme con asco o con pena, que no sé lo que es peor, como lo hace desde mi estancia en ese hotel de lujo que es la Modelo. Vive en él una viuda, la bruja la llamo yo por esa horrible verruga que adorna su barbilla, que está lejos de ser una pobretona, y a la que le encanta tener la casa llena de cuadros y estatuas . O así me parece, mientras recorro el largo pasillo que me separa de la cocina para descargar el pedido del súper. Al fondo del corredor, hay, entre otras lindezas, una talla de madera de l Sagrado Corazón que me recuerda a la que tenía mi abuela en el comedor de su casa. Enseguida me viene a la cabeza lo mucho que le gustaba a mi madre y lo que había llorado el día que las llamas la convirtieron en cenizas. Con el paso de los días, la idea de hacerme con esa talla me obsesiona cada vez más. Estoy seguro de que a mi madre le encantaría y ...

Curiosidad

Imagen
  A Olga le da un vuelco el corazón al ver que en la puerta del edificio donde vive hay un coche patrulla y una ambulancia aparcados de cualquier manera. Reza para que el incidente que los ha traído no haya sido en su casa. Aprieta el paso con la esperanza de poder interrogar al portero apenas entre. Ha olvidado que son las dos de la tarde y que la portería está cerrada a esa hora. Como cosa rara, en el vestíbulo no se tropieza con ningún vecino. Siente que la respiración se le agita y el tic del párpado, que tanto la importuna y creía olvidado, regresa de nuevo con fuerza. Los escasos treinta segundos que tarda el ascensor en llegar se le antojan horas. Con el pulso acelerado, marca la quinta planta en lugar de la sexta. Ese detalle, que parece insignificante, hará que la angustia se prolongue unos segundos más. Cuando por fin llega a su rellano, ve que un mosso d’esquadra hace guardia delante del piso de su vecina, que tiene la puerta abierta de par en par. Olga respira aliviad...