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Maullidos

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  Laia se despierta sobresaltada y con un ligero escozor en la garganta. El silencio invade la casa, por eso, cuando mira el reloj y ve la hora, pega un bote y sale corriendo. Tiene que avisar a Claudia de que ya son las ocho y va a llegar tarde al trabajo. Llega jadeante a la habitación de su hija, pero las únicas palabras que salen de su boca suenan así: —Miau miau miaaauuu. La chica, que no tiene muy buen despertar, todavía somnolienta lanza un grito: —¿Te has vuelto loca o qué? Por mucho que lo intente, todo lo que Laia consigue articular sigue siendo: —Miau miau miaaauuu. —Muy graciosa mamá. Ya vale. Deja ya la tontería, ¿quieres? Pero Laia sigue maullando sin parar, con el rostro contraído y un rubor que va subiendo de tono poco a poco. No sabe como detener ese lamento gatuno, que no reconoce como suyo, y la impotencia hace que sus ojos se nublen y una lágrima rueda por su mejilla, seguida de una segunda y una tercera que se convierte en una catarata de llanto imposi...

Sospecha confirmada

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  Todavía medio dormida, Raquel se levanta de la cama, reprimiendo el deseo de tirar el despertador por la ventana. Tropieza con la pata de la cómoda, pero no parece sentir el dolor y cuando llega al cuarto de baño no puede reprimir un grito sordo. — ¿Qué hace mi madre mirándome desde el espejo? — piensa — . ¡Es imposible! Si hace más de cinco años que dejó este mundo. ¿Estaré teniendo una experiencia paranormal? Sale corriendo y cuando llega a la habitación, de nuevo la ve observándola desde la luna del armario. Aunque su yo interno le dice a gritos que hay una explicación razonable, Raquel no quiere darse por enterada. Necesita comprobar qué imagen le devuelve el espejo del salón, pero la voz de su marido la detiene. — ¿Se puede saber qué haces mirándote en todos los espejos de la casa? Imagen de Richard Duijnstee en Pixabay Si te ha gustado, podrás encontrar más microrrelatos: Aquí

Musorenting

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  No me queda otra solución. Y es que ya han pasado más de tres semanas desde que volví de vacaciones y no hay manera de que de mi pluma, bueno del teclado de mi ordenador, -no me voy a poner ahora romántica-, salgan más de dos líneas seguidas. Y ya que Maite Bilbao me lo ha recomendado y Leticia R. Mena sugiere que podría ser un buen camino, voy a hacer uso de un novedoso sistema de inspiración: el musorenting. — Que sí. Que tienes que recurrir al musorenting , que te lo digo yo -d ice Maite con aire de entendida-. Tienen unos musos estupendos. Y puedes elegir entre varios modelos chulísimos, según lo que te apetezca escribir. Van de maravilla y no son nada caros. Y allí que voy yo a meterme en el lío y a ver qué pasa. Porque, como dicen, de perdidos al río, aunque rime y no quede muy bonito Primero quiero investigar un poco eso de la inspiración y los musos . No es que no me fíe de Maite, que lo hago, pero siempre es bueno ver lo que se opina en las redes. Y vaya que sí se h...

Sospecha

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  Es la tercera vez en una semana que Joaquín se encierra en su despacho para hablar por teléfono. No es normal. Lo habitual en él es hacerlo a voz en grito en el salón mientras ella intenta concentrarse sin éxito en la serie de turno o en la lectura de un libro. A Eva le falta poco para levantarse y ponerse a escuchar tras la puerta, pero en el último instante desiste porque teme ser descubierta. Está convencida de que su marido oculta algo, aunque de momento es una pura elucubración. Pero llega el jueves y, coincidencias de la vida, al salir del gimnasio, Eva ve a su marido pasar en el coche, y no va solo. La chica que lo acompaña no es ninguna de las compañeras de trabajo que ella conoce. El pulso, ya de por sí elevado tras su clase de spinning, se le acelera hasta hacerle sentir la palpitación de la carótida como cuando hace un esprint. Su instinto le pide consultar el móvil; tiene un mensaje de Joaquín diciéndole que se retrasará un poco. ¡Lo que faltaba! Inhala con fuerz...

El ritual anticaserante

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Cuando lo conocí se apuntaba a cualquier movida. Daba igual que se tratara de ir al cine, a bailar, a pasar el día en el campo o simplemente tomar unas copas con los amigos. Todo menos quedarse en casa. Siempre decíamos que un derrumbamiento repentino no nos pillaría in situ. Un tiempo después, nos fuimos a vivir juntos y descubrió que estar en el hogar a tu aire no estaba tan mal. La verdad es que a mí un poco de tregua no me importó. Casi que hasta la agradecí, por lo menos al principio. Pero llegó un día en que no había forma de hacerlo salir. Se volvió tan y tan casero que empecé a desesperarme. Nunca puso objeción a que yo lo hiciera por mi cuenta, pero a mí también me apetecía que fuéramos juntos a bailar, al cine, a viajar o hacer miles de cosas. Cuando mi impaciencia alcanzó un nivel insoportable, no tuve mejor idea que pedir consejo a mis amigas. Ojalá no lo hubiera hecho. Una de ellas, Maribel, justo de la que menos me lo esperaba, me soltó como si fuera la cosa más norm...

¿Y si fuera cierto?

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  Las cámaras, los flashes y los micros tienen rodeada la mansión de la famosa Shaki. Los fans están divididos en una proporción imprecisa. Unos miran y jalean a Shaki y el resto, bastantes menos, profieren gritos a favor de Gera. Si se tuvieran que medir con un sonómetro, seguro que ganaría Shaki. A medida que avanza la noche, tanto fans como periodistas van emprendiendo una retirada lenta y progresiva. Todavía quedan algunos cuando un Mercedes con las lunas tintadas se acerca a la parte trasera de la vivienda. Los pocos periodistas que siguen haciendo guardia corren hacia el coche que desaparece en el garaje, dejándolos con un palmo de narices y con las ganas de ver quién o quiénes son los ocupantes del vehículo. Todos se preguntan si la cantante ha encontrado quién la consuele de su mal de amores. Dentro, Shaki acaba de acostar a los niños y se sienta a la mesa del comedor que está preparada para dos comensales. El visitante la besa sin prisas y toma asiento a su lado. —¿Est...

Un encuentro casual

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  Dos personajes ilustres comparten, sin saberlo, vagón en el metro de Moscú. El tren ha detenido su marcha en medio de dos estaciones y, aunque han oído un mensaje por megafonía, ninguno de ellos ha podido entender lo que decían. Se trata, ni más ni menos, que de don Antoni Gaudí, famoso arquitecto catalán, y la dama inglesa conocida como Lady Godiva. El señor Gaudí se pasea por el vagón observando hasta los más mínimos detalles del compartimento. Se detiene ante los asientos que hay cerca de una de las puertas y advierte la presencia de la conocida dama. —¡Qué sorpresa, Lady Godiva! No esperaba verla por aquí. Veo que el frío de Moscú le ha hecho arroparse bien. La mujer luce un abrigo de visón plateado, adornado con botones de pedrería, que le llega a la altura de los tobillos. Lleva también un sombrero a juego y un manguito con el que se cubre las manos. —¡Buenos días, diría yo, señor Gaudí! Veo que es usted exactamente igual que la fama que le precede. Creo adivinar a ...