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El retrato

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Villa de Leyva, Colombia       Sus ojos verdes cargados de picardía contemplan a Marisa desde la pared del comedor. ¿Qué edad tendría? No lo sabe con certeza, pero no más de cuatro o cinco años. A pesar del tiempo transcurrido, cada vez que pasa por delante del retrato se pregunta que habrá sido de él.      Pedro y Marisa viajan con cierta frecuencia a Colombia para visitar a la familia de Pedro y, un vez allí, aprovechan para hacer un poco de turismo. Ese día, pasean por las calles de Villa de Leyva, teniendo cuidado de no tropezar con los cantos rodados que tapizan sus calles y que dificultan la marcha. Las casas blancas con las puertas de diferentes colores y sus balcones llenos de buganvilias les transportan a otra época. Todavía no han planificado lo que harán el día siguiente. En el hotel les han dicho que, a apenas ocho kilómetros de la ciudad, hay un convento que vale la pena visitar. Se trata del Monasterio del Santo Eccehomo construido ...

La apuesta

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      No me gusta correr; nunca me ha gustado. Si no te persigue nadie, ni se te escapa el autobús y tampoco te va la vida en ello, ¿para qué correr? Se me hace muy difícil entender a los que les gusta salir a correr. Sin embargo, allí estaba yo, en el punto de salida, luciendo un equipo completo de runner , con dorsal incluido, y calzando unas deportivas carísimas, dispuesta a correr durante diez kilómetros o lo que me aguantara el cuerpo.       Todo había comenzado como una broma : "no te lo puedes perder; es la carrera de los bomberos y estará repleta de tíos buenos" . Ant e mi impasibilidad, Inés y Marina se pusieron muy pesadas con el tema : q ue si es por una causa benéfica, que si vas a ser la única que no participes, que si lo vamos a pasar de lujo las cinco juntas... No pararon de insistir hasta que al final la insistencia se transformó en apuesta: "lo que pasa es que no eres capaz; tú mucho gimnasio y mucha zumba pero en realidad no está...

El honor ante todo

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  El sol comenzaba a despuntar por detrás de las montañas y el Parque de la Alameda, habitualmente bullicioso, permanecía solitario y en silencio. Al fondo, donde el jardín se confunde con el valle lindante, unas figuras negras, apenas visibles en la semioscuridad, se preparaban para celebrar un duelo al primer disparo. Los contendientes comprobaban las armas que serían utilizadas. Mientras, los padrinos trataban de mediar para conseguir, in extremis , una satisfacción sin armas. El ofensor, Romualdo hijo menor del Barón de Arganzuela, había conocido a Carolina, hermana de Benigno de la Vega, Conde de Tejón, en una fiesta y, desde el primer momento, cayó perdidamente enamorado de ella. La seguía a donde quiera que fuera para hacerse el encontradizo con cualquier excusa. Quiso la mala suerte que, el día en que se produjo la supuesta ofensa, el Conde, que regresaba de una de sus correrías nocturnas que se habían prolongado hasta muy entrada la mañana, sorprendiera a Carolina en a...

La espera

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La espera   Ya estoy en casa son las palabras que anhelo escuchar desde el momento en que te vas por las mañanas. Me asomo al balcón y contemplo tus pasos que te alejan de mí. Sé que mi día no tendrá alicientes y me limito a dar vueltas por las habitaciones en busca de tu aroma. Mi ánimo solo se recupera cuando el tintineo de las llaves me anuncia tu llegada. Entonces corro a coger la correa y te recibo con un sonoro ladrido.   Imagen de Pixabay Encuentra más microrrelatos  aquí

Cuando menos lo esperas

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  Avisé a mi secretaria de que ya estaba disponible para la siguiente visita. Mientras esperaba, comprobé el nombre que tenía anotado en mi agenda: señora de Losada. No me sonaba de nada. "Debe ser una cliente nueva", pensé. Cuando mi asistenta la hizo pasar a mi despacho, me encontré frente a una mujer alta y delgada, cuyas facciones angulosas me resultaban un tanto familiares. No le di mayor importancia. Estaba acostumbrado a recibir muchas visitas y quizás empezaba a ver cosas que solo estaban en mi cabeza. —Hola. Soy Daniela de Losada y estoy desesperada —me dijo como si se tratara de una reunión de alcohólicos anónimos. Su tono de voz me resultaba vagamente conocido. La invité a tomar asiento y ella comenzó a explicar el motivo de su visita de manera desordenada y confusa. Fue como si hubieran accionado el interruptor de un aparato de radio. Una sensación de déjà vu me invadió pero me limité a dejarla hablar y a intercalar algún que otro monosílabo. Cuando, por fin, ...

Persuasión

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  Estás convencido de que nadie te comprende; nadie excepto ella, Laura, que es tu guía y tu norte. Por eso vives siempre pendiente de tu móvil que es el cordón umbilical que te mantiene unido a ella; no te separas de él. Notas una vibración en tu bolsillo y un pitido te avisa de un nuevo wasap . El mensaje te lo deja bien claro : "ten cuidado y no bajes la guardia. Ellos tampoco son de fiar " . Aún así, dudas y te preguntas por qué desconfiar de la sangre de tu sangre. Pero enseguida piensas que ella, Laura, tu amiga del alma, el amor de tu vida -aunque no se lo has dicho- y por la que estás dispuesto a darlo todo, no te mentiría. Ellos quieren obligarte a ir a la Universidad y tú quieres hacer otras cosas. Se lo cuentas a Laura que te aconseja el camino a seguir. Pero te invade la incertidumbre y te debates entre la conveniencia de ignorar los consejos de Laura y la necesidad de actuar. Sabes que no va a ser fácil; al fin y al cabo son tus padres. Hasta que un día...

Huyendo del peligro

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  La familia Cabaleiro se había visto obligada a huir de su pueblo, Negueira de Muñiz, durante la Guerra Civil española. Amancio Cabaleiro, conocido por sus fuertes convicciones republicanas, no quiso poner en peligro a toda su familia cuando, en Galicia, comenzaron las purgas y la persecución de todos los que fueran republicanos o estuvieran bajo sospecha de serlo. Pasaron mucho tiempo huyendo de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, sin poderse asentar en ningún sitio. A comienzos de 1939, las circunstancias los habían conducido hasta Barcelona. Amancio había oído decir que Barcelona estaba en manos de los “rojos” por lo que pensó que allí, él y su familia, podrían estar más seguros. La suerte, o quizás la casualidad, hizo que se encontrara con unos parientes lejanos que, por un módico precio, se avinieron a acoger al matrimonio y sus tres hijas. Aunque tenían algunos ahorros, el dinero que les quedaba después de tanto tiempo de ir y venir era escaso. Amancio t...