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Tecnología punta

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  Rara vez suena el teléfono fijo de mi casa y cuando lo hace no suelo responder afirmativamente a ese tipo de preguntas. Ese día debieron de pillarme con la guardia baja. —¿Hablo con el titular de la línea? —Sí —contesté escuetamente. —Le llamo de Limpiatodo. Tenemos una oferta de escobas voladoras que no puede dejar escapar. —¿...? —¿Sigue ahí? —Mire, estaba haciendo la siesta. No es un buen momento para bromas pesadas. —No se trata de ninguna broma, señor. Se trata de una oferta muy interesante. Algo nuevo y desconocido. —Está bien, —dije dando un largo suspiro— pero sea breve. —Se trata de la última novedad para la limpieza del hogar. —Muy interesante, oiga —solté con tono sarcástico—. Ya tengo asistenta. —Esto es algo mucho mejor. Deme solo un minuto. Entre otras cosas, este producto le permitirá prescindir de la asistenta con el consiguiente ahorro. Tenga en cuenta que estas escobas son muy rápidas y pueden acceder a todos los rincones de la casa. Trabajan a una...

La Princesa y la esfera dorada

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Según reza la leyenda, Sant Jordi salvó a la Princesa de ser devorada por el temible dragón. Pero, ¿seguro que fue así? ¿Quién nos asegura que, en realidad, la historia no fuera algo diferente? Si lo prefieres aquí puedes escucharlo narrado Narrador: Maite Bilbao ***** La Princesa avanzaba con paso incierto hacia un fin terrible. Pronto se enfrentaría con el terrorífico dragón. Estaba cerca de su destino cuando un resplandor que le impedía ver interrumpió su paso. Un tornado apocalíptico la absorbió en su vórtice haciéndola desaparecer. El dragón, que la esperaba impaciente, permaneció aturdido por unos segundos; luego, desplegó sus potentes alas y se lanzó a la persecución de la Princesa. La fuerza del tornado era tal que arrastró al animal como si se tratara de una pluma. Ambos dieron vueltas y más vueltas en el interior del torbellino durante un largo tiempo. Poco a poco el tornado perdió fuerza y, primero la princesa y más tarde el dragón, cayeron al suelo. Atónitos comprob...

Lealtad ante todo

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  Unidas por la amistad desde la infancia, Raquel y Eva ya habían perdido la cuenta de las confidencias y aventuras que habían compartido. Había una cosa que tenían claro: no habría lugar para la traición en su relación, serían leales toda la vida. Habían compartido colegio, vacaciones, amistades, fiestas y, ahora, los estudios universitarios. Estaban tan unidas que algunos pensaban que eran hermanas. Tampoco es que no tuvieran desacuerdos. A veces discutían sobre cosas de poca importancia, que ellas se tomaban muy a pecho, como aquella vez en la que no llegaron a ponerse de acuerdo sobre si los árboles del tamarindo eran de hoja caduca o no. Pero la mentira y la deslealtad no eran una opción. Ellas no iban a hacer como Ana que presumía de ser la mejor amiga de Isabel y no había tenido ningún escrúpulo en enrollarse con el novio de esta última. O como cuando Julia le decía a -según ella- su mejor amiga que su padre estaba siempre de viaje porque era diplomático y, en realidad,...

Regreso al hogar

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El portón de entrada había desaparecido y lo que antes había sido un jardín repleto de azaleas y geranios era ahora un terreno yermo y ennegrecido por el fuego. El camino que llevaba hasta la casa estaba repleto de cascotes y montones de desechos. Al fondo, la fachada, otrora blanca, había adquirido un tono grisáceo y estaba cubierta de culebras dibujadas por la metralla que se había abierto paso sembrando grietas y orificios. Las ventanas, con los vidrios resquebrajados, mostraban los jirones de las que un día fueron cortinas de terciopelo. Hacía un año que Roshni se había visto obligada a abandonar su casa y ahora que por fin había podido regresar le esperaba un panorama que ni en sus peores pesadillas había podido imaginar. Había tenido que afrontar las muertes de su esposo, su padre y hasta de su hijo mayor y lo había hecho con entereza a pesar del profundo dolor. Y ella, que creía que sus lágrimas se habían agotado, sintió un escalofrío y sin pretenderlo, sus ojos se humedecier...

Los lunes no molan

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       Todos los habitantes de Loslunesnomolan estaban de acuerdo: el lunes eran un día odioso. Los domingos por la tarde el país se cubría de un manto de tristeza que se colaba hasta en las rendijas más pequeñas. Los ciudadanos caminaban mirando al suelo y arrastrando los pies. Se encerraban temprano en sus casas. Parecía que quisieran atrapar así sus últimas horas de libertad antes de que llegara el temido día. Los lunes por la mañana las ciudades despertaban lentamente y nadie parecía tener la energía suficiente para comenzar la semana laboral. Era necesario remediar esta situación como fuera. Por eso, después de una consulta popular cuyo resultado no sorprendió a nadie, el Consejo de Estado tomó una decisión: a partir del mes de abril siguiente, los lunes quedarían suprimidos.      Cuando Feliciano Pereza se enteró de la buena nueva daba saltos de alegría. No se lo podía creer. La vida empezó a parecerle más bella. Inocentemente creyó que ahora t...

La herencia

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  Cuando me llamó Ramiro para pedirme que le ayudara con los trámites de un testamento no tenía ni idea de lo peculiar que iba a ser la operación. Él, cuya especialidad era el derecho penal, se había visto involucrado en una herencia y quería asegurarse de que no quedara ningún cabo suelto. Para mí era evidente que Ramiro era perfectamente capaz de afrontar el asunto pero, en nombre de nuestra amistad, acepté su propuesta sin pensarlo. Todo había empezado en el momento en que su amigo, Roberto Núñez-Marañón, había caído enfermo y había visto acercarse el final. Había llamado a Ramiro para pedirle dos cosas. La primera, que fuese su albacea testamentario, no le sorprendió. La segunda le pareció menos común: su testamento debía permanecer en secreto hasta después de su muerte. Un mes después del fallecimiento de Roberto, Ramiro convocó a la viuda y a sus siete hijos. Como era de esperar, me pidió que estuviera presente. El día señalado llegué al bufete de mi amigo con algo de a...

El retrato

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Villa de Leyva, Colombia       Sus ojos verdes cargados de picardía contemplan a Marisa desde la pared del comedor. ¿Qué edad tendría? No lo sabe con certeza, pero no más de cuatro o cinco años. A pesar del tiempo transcurrido, cada vez que pasa por delante del retrato se pregunta que habrá sido de él.      Pedro y Marisa viajan con cierta frecuencia a Colombia para visitar a la familia de Pedro y, un vez allí, aprovechan para hacer un poco de turismo. Ese día, pasean por las calles de Villa de Leyva, teniendo cuidado de no tropezar con los cantos rodados que tapizan sus calles y que dificultan la marcha. Las casas blancas con las puertas de diferentes colores y sus balcones llenos de buganvilias les transportan a otra época. Todavía no han planificado lo que harán el día siguiente. En el hotel les han dicho que, a apenas ocho kilómetros de la ciudad, hay un convento que vale la pena visitar. Se trata del Monasterio del Santo Eccehomo construido ...