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Hay que tener cuidado con lo que se pide

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  El reto no era fácil y yo, como estudiante de historia acostumbrado a mirar más hacia el pasado que al futuro, no sabía cómo abordarlo. Estaban poniendo a prueba nuestro ingenio y capacidad para encontrar ideas creativas. Algo que no estuviera ya inventado. El objetivo final era hallar nuevos métodos para poner fin a la escasez de agua que tenía a nuestro planeta al borde del colapso. Y entonces me acordé de las muchas maravillas que decían que podía conseguir la Inteligencia Artificial. Tengo que confesar que, aunque suene increíble, nunca la había utilizado antes. Pero mi deseo de superar con éxito el reto me animó a intentarlo. Por probar nada se perdía y no quería hacer el ridículo ante mis compañeros de clase. —Pregúntame cualquier cosa —me escribió ChatGPT en cuanto lo abrí. Mientras pensaba en cómo formular la pregunta, toqué el teclado sin querer y salió algo así: —PuXDk Eax Me partí de risa al ver la respuesta que no tardó en llegar, con emoji incluido. —Lo s...

Imaginación

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  —¡Eh, tú, hijoeputa ! ¿Es que hoy no se cena? —grita el preso de la celda 112. —¡Maldito imbécil! ¿Tienes complejo de pavo? ¿Acaso quieres engordar para la cena de acción de gracias? Para lo que te queda de estar en la trena, no necesitas tragar mucho —responde el carcelero entre risotadas. —Me queda lo que me queda. Y va a ser poco, pero porque me voy a largar y no por otra cosa, ¿me oyes? Me voy a librar porque yo no hice nada, ¡n-a-d-a! Y no me volverás a ver. —Mira, chaval, a mí me la sopla. Cuando tú te largues o te larguen, da igual, vendrá otro y luego otro y después otro más. Mi vida seguirá siendo la misma. El celador se aleja por el pasillo para regresar al cabo de unos minutos con una bandeja con la cena de Nelson, al que ya no permiten ir al comedor con el resto de presos. —Aunque eres como un grano en el culo y no te lo mereces, hoy te traigo algo especial de postre: donut s . — Si es que ya lo digo yo, eres un pendejo , pero tienes el corazón de un corderit...

Cape

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  Es lunes, pero no uno normal sino uno de esos que llaman festivos de libre elección, por lo que Cape no tiene cole y está en casa, tumbada en el sofá, viendo videos de Tiktok en su tablet . Mientras, su madre ya ha hecho las camas, acaba de tender la colada y se afana en preparar una cesta con varios táperes de comida, unas manzanas y hasta unas magdalenas horneadas por ella la tarde anterior. —¡Cape! ¡Deja la tablet de una vez y ven ahora mismo! —¡Jo, mamá! ¡Que estoy viendo un video muy interesante! —Sí, ya me imagino: Bud Bunny perreando o algo así —murmura entre dientes la mujer y alza la voz para decir—: me tengo que ir a trabajar así es que no me hagas perder el tiempo, Cape. Por fin, Cape deja caer la tablet en el sofá y se dirige a la cocina como si arrastrase un saco de cincuenta kilos. —¿Qué es eso tan importante y urgente? —hay un tono de insolencia en su forma de decirlo. La madre se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, suspira tratando de cal...

Encrucijada

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Los bombardeos se han dejado sentir durante toda la noche y tú, a pesar del agotamiento, no consigues conciliar el sueño ni por unos segundos. Aunque están lejos, oyes el rugido de los cazas seguido del fragor de las explosiones y, a veces, hasta sientes el temblor de la tierra bajo el catre en el que intentas descansar. En los escasos momentos de silencio, los quejidos de los heridos inundan el hospital de campaña donde trabajas. A los veinte años, ejercer de enfermera no estaba entre tus planes de vida. Pero la gravedad de la situación te impedía permanecer impasible, y no dudaste ni por un segundo en presentarte como voluntaria. En poco tiempo, h as pasado de desplomarte ante la visión de una simple gota de sangre a tener que curar las heridas de las víctimas que esta guerra sin piedad se está cobrando. El sonido de las sirenas advierte de la llegada de otra ambulancia con heridos. Das un brinco y te preparas para recibirlos. Has aprendido a ver a los pacientes como seres anón...

Todo tiene un límite

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  La luz anaranjada del ocaso se filtra por las cortinas, dibujando figuras fantasmagóricas en la pared de una estancia que permanece con las luces apagadas. Dentro, una anciana de rostro plagado de arrugas y cabello gris recogido en un moño teje con dos agujas una manta que llega casi hasta el suelo. Está sentada en un sillón orejero tapizado en tonos ocres, cuyos brazos le sirven para descansar los suyos. Un portazo retumba con estruendo y el sonido de unos pasos anuncia la llegada de alguien. La anciana levanta la vista al tiempo que una voz ronca de hombre, sin que medie ningún tipo de saludo, dice: — Madre, ¿se puede saber por qué no enciendes la lámpara? No debes ver ni torta. — Me gusta la luz que se cuela por la ventana, hijo. Quiero disfrutar de estos colores que no tardarán en desaparecer. Además, para tejer no necesito ver mucho. Mis manos, aunque ya no son lo que eran, lo saben hacer casi a oscuras. El hombre, que viste unos tejanos con varios rotos deshilachad...

Sanación

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  Levanta unos milímetros la cortina, lo suficiente para ver sin ser visto cómo anda la cosa en el patio de butacas, y mueve la cabeza de un lado a otro con gesto de preocupación porque ve muchos asientos vacíos. Demasiados, a pesar de que sabe que todavía faltan veinte minutos para que se abra el telón y que a la gente le encanta llegar con el tiempo justo. Aunque ha repasado el monólogo hasta la saciedad, hay algo que le chirría y no acaba de saber qué es. Esta mañana, cuando se lo ha leído a su mujer por enésima vez, ella no ha esbozado ni una leve sonrisa justo en ese fragmento que tendría que haberle hecho reír a carcajadas. No importa que ella le haya asegurado que era porque ya lo tenía muy oído y había perdido el factor sorpresa. Da vueltas en el pequeño espacio que usa como camerino; se mira en el espejo para comprobar su maquillaje y le pide a la esteticista que se lo retoque porque, según él, le ha colocado demasiado rubor en las mejillas. Vuelve al escenario ...

Misterio

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  No falla. Es miércoles y son las siete de la tarde. Por mucho que lo llamo y lo tiento con sus galletas favoritas, no se digna contestarme. Ya me tiene harto. Y es que la escenita se repite todas las semanas sin faltar una. Lo busco por toda la casa; por mirar, miro incluso en el garaje y debajo del coche, hasta que me aburro y pienso que cuando tenga hambre aparecerá por algún lado. No me queda más remedio que relajarme, porque, hasta que no oiga las nueve campanadas en la torre de la iglesia, no va a aparecer. Pero hoy, he llegado al límite de mi resistencia. Se acabó. Si lo que pretende es llamar la atención, lo tiene claro. Yo ni caso, ya se cansará. Pero luego llega mi mujer y la muy boba se preocupa y casi que se pone a llorar. Bueno, eso solo lo hizo el primer día; ahora ya se va acostumbrando a estas ausencias. —Vamos a tener que llevarlo al psicólogo —me dice, como si se estuviera acabando el mundo. —¡Lo que faltaba! —dejo ir, casi entre dientes—. Pero, mujer, si d...